domingo 20 de diciembre de 2009

Epifanía


La puerta había sido empujada por el viento que traía una ola de polvo, al parecer las cerraduras habían quedado gastadas por el invierno. Salió y el sol apuntaba toda la costa. Era el comienzo del verano.
Pasó los últimos meses en ese taller que ocupaba un sótano donde antes habían sido los vestidores de La Herradura, refugiado en la disciplina de crear mientras a pocos kilómetros, en su casa, ya nadie respondía la puerta. Digamos que era una decisión reactiva para los tiempos de inercia que vivía detrás de un escritorio y atendiendo mensajes inútiles. La turbulencia de la ciudad finalmente había quedado lejos.
Pero la imbatibilidad ante el perfume de una mujer no estaba asegurada cuando pasó Leda, una marchante que llegó con sombrero y se detuvo en el club Samoa. El misterio de un rostro no revelado le había traído inquietud desde pequeño, pero nada comparable al poderoso elixir de la piel reposada en sustancia de flores. Con los días la fue percibiendo hasta obtener detalles de su personalidad por medio de las ondas fragantes que ingresaban a su taller, así tuvo la afirmación que había venido de Túnez, pasaba los cuarenta años y su estadía era un accidente de definición.
No tendría por qué pasar mucho para que ambos espíritus arrojados a un final del mundo se conozcan, reemplazando sus miedos por la instantánea libertad. Ella dejaría el sombrero a un lado para elevar su cuello a la brisa. Él ya no estaría solo frente al mar y su habitual fragancia salada, no, ya no, ya tenía el olor de ella. "Mañana vengo a vivir contigo". La besaba y al mismo tiempo la recordaba tendida sobre el musgo, grabada en el horizonte donde había venido a culminar con fracasos itinerantes. ¿Qué representaba la vida más allá de un beso? Una vida repleta de su boca, pensaba él.
Al día siguiente cumplió su promesa y colocó un par de valijas en el umbral. Se detuvo. Con ese aire de mujer amansada su cuerpo era una nueva puerta frente a él. La miró por última vez, se acercó desde el fondo oscuro, tomó su mano y sin mediar ningún intermedio más, ella le dijo: "¿Quieres pasar?"

lunes 23 de noviembre de 2009

Manchay


A una hora de separación de la ciudad los arenales comienzan a ganar. Los cerros son inmensos surcos por donde se desvía una vida oculta. Los perros deambulan en direcciones errantes con la giba cansada. Voy por todos lados y encuentro un letrero verde que dice Villa Jardín: detrás no hay nada, más que lomas de arena gris y el vuelo de unos gallinazos. En las puertas de las casas yerguen los cactus como única posibilidad vegetal. ¿Adónde había venido a parar? A Manchay.
La comunidad mantiene recursos vivos que la vinculan en el medio de la nada, se dejan ver. Un hombre monta una cafetería al paso con una mesa y cuatro sillas. Unas señoras hacen de la calle un salón de belleza dominical por el que se moderan niños y otras alegres doñas. Unos hombres azuzan el fogón para los anticuchos que aguardan en bateas salpimentadas. Todo esto llevado a la calle, potenciado, enunciado como un dominio al terreno blando en el que han ido encajando su vida.
¿Pero quién era este hombre que parecía alunizado y nos miraba pequeños? ¿Quién el que oteaba nuestro insignificante concilio? ¿Digamos que está adentro o pertenece a afuera?

¿O era una piedra que se ha ido rayendo a imagen de tantos sueños?

martes 27 de octubre de 2009

Chilalo


El profesor Pedro nos llevaba al bosque de algarrobos que había plantado junto a sus alumnos. La tierra sobre la que se fundó la escuela de Sullana es de una aparente infertilidad, pero las raíces del algarrobo penetran con sus puntas que sobrepasan el tamaño del árbol y descienden profundidades hasta hallar el agua subterránea. Con esta incrustación en la tierra, la vida se pone a salvo.
Había viajado al norte para acompañar el cultivo de biohuertos a cargo de escolares, los cuales aprenden a obtener el agua y combatir la desertización natural de su territorio. Maíz rojo y estudio de plagas eran las tareas en práctica. Lo curioso es que era una ave la que estaba atentando contra los brotes de tomate, tenía un canto pastoril y merodeaba la verja de troncos con su esbelta cola gris: la soña. El profesor, sabio de estos procesos vitales, recurrió a cintas magnéticas de viejos cassettes para tejer una enredadera sobre el sembrío que, al estar bajo el sol, destellaba, y por acción del viento mantenía un zumbido que repelía, como una alianza, los picotazos de la soña.
Mi atención fue yéndose a las copas de los árboles y al mismo tiempo separándose del grupo, caminando despacio hacia el tráfico volandero que cruzaba deprisa y se perdía en las hojas. Una ave bajó y se puso a dar saltos sobre la tierra, su mirada no era nerviosa como la de muchas otras especies, picoteaba y parecía mirarme como una armonía más de su naturaleza.
-Profesor Pedro, ¿y ese pájaro marrón? -le pregunté, al mismo tiempo que mi dedo lo orientaba.
-Es el chilalo.
Me quedé quieto revelando a mis ojos sus ancestrales formas que lo llevarían a vivir en esta parte: su lomo y alas marrón, su pecho y vientre crema, todo el cromatismo en simétrica repartición. Era un ceramio.
-¿Sabes? -me dijo el profesor-, este pajarito ha demostrado que no puede vivir en el cautiverio, apenas sabe que está encerrado, se da golpes en la cabeza contra su jaula hasta morir.
La ave voló.
-Además tiene un nido hecho de barro -prosiguió el profesor-. Según sea la estación, más o menos fría, lo mezcla con hojas. Es un constructor nato, prepara su hogar como nadie y lo separa en dos compartimentos: uno para los huevos y la madre, y otro para él.
- Por eso prefiere matarse, con la dignidad que vive, el cautiverio le resulta la muerte -respondí.
Seguí alejándome y escuché que complementaba a sus alumnos sobre este episodio que no era materia del día, diciéndoles que los agricultores saben si la temporada será lluviosa observando la parte del árbol en la que levanta su nido.

De camino al hotel solo quedaba un rezago de polvareda solar que aumentaba mi cansancio. Todo se hacía más lejano buscando la carretera. Al mismo tiempo se cumplía la amenaza de despistados choferes que imponían su velocidad a no vivir. Cuando desperté, el sol ya caía por el otro lado de la calle y nos apuramos para encontrarnos nuevamente en el vestíbulo, el hambre y un restorán era lo que continuaba.
En la habitación encontré mi cara en el espejo, muchas veces, y me detuve contemplándome en ella. Acerqué los ojos hasta ver los daños de la irritación y decidí enjuagarlos con agua. Un movimiento inesperado se agita en el ventanillo del baño, ha llegado un pájaro que picotea y parece buscar algo más a esa distancia. Se va rápidamente con una hoja atrapada. Caigo sin más remedio en la cama, con las manos y el rostro mojado.

El teléfono suena incesante, es Pía apurándome.

jueves 6 de agosto de 2009

La herida



LA HERIDA

de tu casa a mi casa solo hay una herida
larga cansina sin brillo
una herida blanca como la luna en febrero
herida de sal y siemprevivas
tímida sin aroma y sin crepúsculo
húmeda como los ojos de las golondrinas
errantes
entre tu casa y mi casa
cada vez más lejanas

(Sara Vanégas Coveña. Cuenca, 1950)

Antología Perú-Ecuador. Poesía 1998-2008
Selección y prólogo de Karina Marín y Carlos Villacorta
Editado por Embajada del Ecuador en el Perú y [sic]

jueves 30 de julio de 2009

Nicolás


Luego de años, los mismos que llevo fotografiando, me he dado a la tarea de clasificar y desclasificar mis archivos. Me hallé con muchas imágenes que han partido de un impulso hurgador por buscar su propia conducta, con resultados inopinados, lo cual me reencuentra con mis primeros oficios de buscador. Desde entonces hasta ahora ha venido un ordenamiento por decir más con menos imágenes, y en ese banco que se guarda con pudor de artículos personales están las otras, las que desfilan en mayoría pero no accederán al reconocimiento. ¿Por qué? Porque uno estrecha su producción cuando maneja parte del discurso, las cosas ya no suceden tan solo intuitivamente, es necesario cimentarlas del non plus ultra que las entregará al poder de decir. Es aquí cuando los artistas se aburren o se manifiestan.
La nostalgia es gozar a destiempo lo vivido, de ahí que se asocie con la tristeza por no poder concretarse, y en ese camino que me impuse por llevar a la sombra algunas imágenes me detuve con esta de una modelo argentina. Tal vez no ostente nada especial -salvo que aquel entonces me gustaba ver a mis muñecas como Helmut Newton-, pero lo que resguarda en su alma es la primera vez que trabajé con un equipo de verdad: luminitos, director de fotografía, director de arte, productora. Y todo eso en una sola foto que hicimos con usanza fílmica en el barrio viejo donde mi padre crecía: Pueblo Libre.
Pero detalle más oculto aún es la muerte, como compás irremediable de toda relación. Aquella noche llegó un jefe luminotécnico (gaffer) que no esperaba, pero era una honra para mi incipiente trabajo el que quisiera colaborar conmigo y ponerse a cargo de mis ideas, era de los más grandes en el cine: Nicolás Eggerstedt.

A ti Nico, que desde el 2005 no dejaste más luz que tu experiencia y ese extraño amor por dar.

miércoles 1 de julio de 2009

Explanación


Hay un día aplastándome por otros que aún me faltan: mi vida subliminal está rindiéndose. En este espacio que me ocupa no cabe más la calefacción. Solo conductos estropeados y tiempo reseco. Me he manchado de fiesta innumerables veces. He visto las marcas de otro diente mordiéndome el aliento. Me he entristecido dentro de esta cama que no sabe de un abrazo más.
Le tengo miedo a la oscuridad: siempre convoca final. Tengo miedo de mi ventana que solo ve pasar voces inútiles. De la mujer que una vez se presentó en mi cuarto cuando tenía once años. Vestía de negro y su risa rígida hacía brillar un arete. Tengo miedo de las pisadas que van detrás de mí y van a coger mi cabeza pronto. Corro de mis miedos para no tenerlos.
El vacío de un amor es la primera muerte: el luto para los muertos que andan en pie. Quiero no remediarme en el sexo de mis padres. Que sean vidrios el espejo de la rabia. Saberme en la mañana inmortal. Encorvarme en la frescura de otro abdomen fértil. Perderme en pensamientos que cuelgan de otro hilo. Sin contrabando de amenazas. Ni portazos de abandono.
Pero para que todo eso pase habré de pasar yo primero. Con el paso menguante y apretando mi boca al pecho, diciéndole: "Corazón mío, te dejo por un silencio que es mejor que el tuyo".

domingo 24 de mayo de 2009

1776


Yo llevo siete años acá, sin familia, mi esposa también está presa y mis dos hijas viven con su tía. Rubén camina por todo el parque y se presenta amistoso recogiendo la basura. Mi sentencia es por terrorismo agravado. Tiene la voz ligera como un soplido, la afonía hace que me acerque más a él. En verdad ni fue con Sendero ni con el MRTA, con ninguno, solo era una fachada para hacer actos delictivos: extorsionar, robar... Echa de mi lado a un recluso que lleva varios minutos pidiéndome cualquier cosa con una insistencia secreta. Pero caímos con mi esposa y a mí me esperan veinte años más. Debe de haber perdido muchos dientes en la cárcel, su boca es grande pero vacía. Mi madre murió, no tengo a nadie. Rubén lleva un tazón a la mano para recibirse de menesteroso, su historia es determinada y agacha los ojos con ella. Si puedes ayudarme con algo, te lo agradecería, acá siempre hace falta. Lo abrazo encontrando perdón, su cuerpo es flaco pero resistente. En pocos segundos nuestros límites desaparecen, como su destino dentro de esas murallas a las que regresa.

jueves 19 de marzo de 2009

Vestigio


He visto un tenebroso recorrido por una antigua penitenciaría en Estados Unidos, y resulta muy práctico concluir las relaciones entre todos los demás centros de reclusión. Cuando asumí la convivencia dentro de un hospital abandonado descubrí que debajo de esa inmensa sombra de olvido aparecían signos sobrevivientes, o mejor aun, vitales. El enclaustramiento forzado a la salud o la moral despierta en el individuo conciencia por la soledad -mientras tanto reparadora o tan solo indagadora-, enormes estructuras metálicas están para acusarlo de un mal uso dado, advertirle sobre el cuerpo los límites del dolor circunscritos al valor de la vida. Nada me oprime más que ver a un individuo sin alma, que solo se mantenga de pie por una circunstancia física, pero un despojado de la vida sin más que la condena obrándole el futuro, es algo imperdonable. Los enfermos, los hambrientos, los presos, los viejos, son nuestros desechos crónicos que llevamos pero solo el prestigio social ha impedido que los eliminemos formalmente. ¿A usted le sirve un hambriento? La respuesta no solo es clara sino histórica, nuestro atávico instinto de supervivencia, jamás extinto, se ha mantenido en activa competencia y rebrota agresivamente para reafirmar dominio. Por eso todo tipo de terminal o desposeído que entorpece nuestra estática sublima la batalla del vencedor frente al vencido, nos avisa que hay alguien peor y eso nos devuelve compasión. Sentimiento vil que no ha sido más que la vanidad de estar a salvo.

martes 3 de marzo de 2009

Almuerzo


Donde almuerzo siempre hay chicas. Está la chica de La Tinka con su uniforme verde. La cajera de Metro con su uniforme amarillo y el moño brillante. La anfitriona de champú que vive de pie en el supermercado. Y hasta la zapatera gorda que tiene su mesa en la vereda siempre con una rosa y dos gatos dormidos a los pies.
Me gusta verlas. Me gusta que no me vean. Que sonrían secretamente antes de comer. Que miren a la calle como esperando encontrar algo. Que no encuentren nada.

A veces comen los hombres y se indigestan de bulla. Pero esta vez no.

Donde almuerzo las chicas se van. Se unifican por un instante y desaparecen entre los camiones que descargan afuera. Ya no está su pequeña risa. Hay servilletas apretadas como bolitas encima del vacío. Me quedo solo y apuro el guiso con un sorbo de jugo. Pago la cuenta.

Afuera tampoco hay nadie.

jueves 22 de enero de 2009

Retorno


La casa era nuevamente un bullicio, mi hermana había vuelto de Londres y todo se agrupaba junto a ella. Sebastián hablaba en un diminuto inglés y, a diferencia de sus demás tíos, a mí me miraba fijamente extrañado. Luego de un año reconocía sus contactos: César, su abuela y su tren Thomas & Friends. Por más maniobras que hice al borde de la dignidad, además de llevar una ventaja ánglica respecto de los demás, no respondía a mis ingenios. Terminé aceptando que en su universo menor las relaciones dependen de la credulidad.
Mi padre estaba pletórico y en su gesto convivía el orgullo, me contaba un relato de desventuras que pasó mi hermano Jorge, el mayor, cuando en sus épocas académicas se reencontró con el sueño de ser militar. Y es que desde muy niño, luego de caminar, montaba un caballo de cabeza plástica y cuerpo de palo al que dirigía con una espada, facultades que aún verifica el álbum familiar. Mi padre desveló horas y salarios para encumbrar a Jorge en ese concurso y así ayudarle a dar la victoria que no había conseguido un año antes. Fue también su sueño. Generalotes, periodistas, aduladores, todos se dieron cita para encauzar este anhelo intranquilo.
Cuando Jorge ingresó mi padre ya lo sabía, confiaba en sus conocimientos, en su duda, y en el premio que tarde o mal debe de traer el destino. Me contó que mi hermano salió airoso con los brazos arriba gritando ¡Ingresé! ¡Ingresé!, y los dos lloraron ensombreciendo la frustración de otros muchachos que se deshacían de la corbata con furiosos insultos: ¡Envarados de mierda!
Recordamos la foto de aquella vez en que nuestros vecinos se sumaron a la fiesta del 209: la señora Meri le trasquiló el pelo con una enorme tijera, Juancito del Risco sonriendo como un tío que no había y don Elarf que compró una caja de cervezas. Mi padre siguió encontrando la plenitud de su historia, pero en mi memoria se transcribía nuevamente el nombre de don Elarf y volví con él a aquel día, irreversible día, en que desde la vereda de enfrente vio cómo su tienda de ropa era asaltada y cruzó la calle como un tempestuoso jinete que en vez de la espada apretaba un cigarrillo. Una bala no le permitió llegar a la tienda, lo detuvo de su arrojo y a mí de celebrar con mi padre aquella historia.

martes 25 de noviembre de 2008

Sin título


Hoy miré mi libro de Jeanloup Sieff y releí bajo cada foto sus memorias que describían la experiencia. A diferencia de él que dirigió a Hitchcock y soñó con una piscina en forma de Leica, yo he podido resguardar a mis retratados sin mayor presunción que la experiencia en sí. Esta foto me recuerda a Andrea, no porque reitera su evidencia física sino porque en aquellos años obtuve una amiga con la que conversaba mucho en poco y le auguraba un seguro porvenir. Pero esta imagen guarda otras sucursales, por ejemplo: la mano es de Carlos, un ocasional amigo que hice en la calle mientras limpiaba autos a pleno tráfico con el cálculo de un semáforo. El vestuario y la pulsera eran de Alessandra, una antigua novia que vivía conmigo y yo con ella. El purito era uno de los últimos de mi viaje a Cuba. El maquillaje y peinado fueron de Bertha, otra amiga asociada por tantas de mis ideas. De ahí en adelante todo lo que haya pasado ha sido para que nos reformemos, todos hemos perdido algo y ganado otro: Andrea viajó, se separó y engendra cada día a su hermoso hijo. Carlos ya no está en esa esquina y su celular continúa errado. Alessandra dejó su departamento vacío y viajó interminablemente. El purito ha constituido al final mi sabor por las hojas enrolladas de Pinar del Río. Bertha se separó de su esposo, tiene juventud y un local más por inaugurar.
Recuerdo de mi primera sesión de modas en la que el sofisma de la publicidad está soportado por la cavilosa mano de la marginalidad, algo así podría titularse esta foto, si es que los títulos aún creen que lo pueden decir todo.

jueves 6 de noviembre de 2008

Reencuentro


Bailaba agitando los hombros contra el vidrio y saludaba con insistencia a alguien allá afuera. Luego repetía algo de la canción. Sus pies eran enormes y se hundían como raíces en las sandalias, la piel le quedaba montada por ásperas cortezas. Persistía con el dedo gordo hacia la calle y atrapaba nuevamente su bolsa contra el abdomen. El tipo de atrás leía un periódico y encontró mi mirada para invitarme a una sonrisa cómplice. Volteé la cara. No dejaba de pensar en esa cabeza rapada que dejaba a la intemperie incontables cicatrices que confesaban una riesgosa vida, ¿y qué tal si se reabrían todas en ese momento delante nuestro? No duraría un minuto más respirando.
Lo recordé, hace meses se me acercó en la esquina que esperaba el bus y me retuvo pidiéndome un sol, que se había escapado de la casa y su papá le pegaría. Su presencia fue haciéndose peligrosa a medida que me mostraba su puntiaguda uña negra del mismo pulgar con el que ahora saludaba. Era él.
Ahora sin cabello y mirando hacia la calle era inofensivo, como si hubiese sufrido una mutilación que lo excluyese del resto. Vino un tipo de azul para decirle que se vaya, a lo que él refutó dónde queda Grau, dónde tomo el micro. Y se reía con sus mórbidas encías. "Señor, me da un sol para irme a mi casa, me he perdido y me van a pegar". Era él. Con el gesto enredado en una burlona sonrisa le pedía a todos extendiendo la mano hasta donde le alcanzaba. "Señor, señora". El hombre de azul volvió a pasar con la voz bronca y dirigiéndose a otro ente superior que nunca vimos, le dijo: "¡Lo bautizo! ¡Le echo el agua!"

domingo 12 de octubre de 2008

Amor


(Del lat. amor, -ōris).
1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

4:20 a.m. En la puerta de la iglesia habían dos rosas, presumiblemente la consagración de una boda que pasó el sábado por la noche. Estaban en la escalera y parecían tristes. Las tomé. "Joven, no sea choro". Una cuidadora de carros con el aspecto de una matrona gorda me sonreía desde algún punto oscuro.

-Disculpa, son tuyas entonces.
-Sí, pero lléveselas.
-No, gracias, creí que estaban solas -se las alcancé.
-Lléveselas, a mí me las regalaron y se las estoy dando.
-No puedo quitarte un regalo -repliqué con tranquilidad.
-Hágame caso, regáleselas a su novia o una amiga.

La abracé cayendo sobre su mullido hombro y me fui con un deber a cargo. A una cuadra de mi casa me di cuenta que mis manos temblaban, las rosas seguían ahí, y una voz oculta desde otro universo salió a mi paso y me decía dulcemente: "No estás solo".

lunes 6 de octubre de 2008

Indicio


Viejo, hoy en esa mesa volviste a soltar más cosas que te envejecían. Tu comida se trababa con pensamientos y el imperativo de escapar de esa familia que te empuja contra tus paredes. Familia que, por supuesto, fue idea tuya. No ves la marcha atrás, tu experiencia está encantada por la decepción de ser padre y no haber otro que te suceda. No parecen ser buenos hijos los que algún día serán tu padre: huye mientras tus cinco sentidos. Toma la mano de esa dama roja y atraviesen por los recuerdos, es el mejor camino que supiste conducir para ser un valiente inadaptado. Por mí, puedes seguir ajustando los huesos contra esas paredes siempre que las traigas abajo. Rompe, destruye, genera, y guarda el pulso. Sabes que la edad es poca y escasea hacia adelante, vamos, yo no te puedo dar mis años, eso es algo que perdiste por escoger. Pero si puedo hundir la historia de este encierro y estás en esa casa, sal rápido, caeremos con nuestras fuerzas sobre ella y ya no ella, ya no ella.

martes 16 de septiembre de 2008

Marzo


En tres horas tomaría el vuelo de regreso a Lima. Me quedaba poca película y aún estaba en Buenos Aires, cercado por su cielo austral. Nazia era mi motivo, no podía salir sin ella, sin sus suturas, sin su travesía por la ciudad para verme. Sabía poco de ella y llegó con una valija rodante que me diría más: lentejuelas, corsés, tacones, falsa platería y tangas. Poco tiempo para el sol. Se maquillaba. Antes del aeropuerto tengo que pasar por Wimpy en Barracas. Se rociaba aceite por las piernas. Luego de mucho un domingo en casa. Pero algo de casa ya tenía todo ese final, tal vez la reticencia solar y el mutismo de la calle. Algo más, quizás. Me contó que vivía en un cuarto que le arrendaba una familia decente. Pensaba en Buenos Aires hasta que acabe sus estudios, después decidiría dónde ir.
Ojalá, Nazia, que en esa otra distancia, entre nuestros dos puntos caiga un recodo de luz.

jueves 14 de agosto de 2008

Hospital en la Alianza Francesa


Inauguración: Miércoles 20 de agosto a las 7 p.m.
Galería Le carré d'art - Alianza Francesa de La Molina
Javier Prado Este 5595, LM

[del 20 de agosto al 12 de setiembre de 2008]

INGRESO LIBRE

jueves 17 de julio de 2008

Abertura


Rever una foto es alistar un vacío. Confiscarse en la lámina del acto que adquirirá importancia por la suma del tiempo, pero éste nunca pasa en una foto, por el contrario, es retroceso. Con una imagen los ojos contraponen su incapacidad de retención y por medio de ella se describen. O perduran, como las lápidas a los hombres.
Esta fotografía me dilata un orificio existencial: Eva estuvo aquí. No se la ve, pero dejó un oceánico río.

sábado 14 de junio de 2008

Río


Me río de Río. Del río que hace la lluvia y viene de tus orejas. Me vuelvo a reír sin pena escondida. Sin charcos que sean espejos de carretera y sin gotas de agua que sean de perentoria turbulencia. El sonido que repica el agua es dulce como un pantano y no quiere concluir, al menos en esta mañana que me río por poco.
Un trazo iridiscente se propaga a escala simétricamente otoñal por la misma ventana, se distribuye en todos sus planos y compone su último lienzo: queda dividido.

miércoles 30 de abril de 2008

Poligrafía


Siéntate ahí, donde está la luz: boca planta carnívora. Boca roja que cae al piso. Tenías un metro largo, larguísimo y espinal. Los faroles y las luces ahogadas que te calentaban cada noche ya no me sorprendían, te esperaba así. Boca de cintura, sexo transversal. Una llamada más: ya no estás. Los objetos pueden ser reemplazados por su nombre, eso haré.

martes 8 de abril de 2008

Girondo


Cuando las razones no tienen pies.

viernes 7 de marzo de 2008

Discromía en la Universidad de Palermo (BA)


Del 14 al 28 de marzo en la Fotogalería de la UP
Curador: Manuel Navarro de la Fuente
Presentadora del libro: Samanta Schweblin

Buenos Aires, marzo de 2008

(Para la entrevista, darle click al título de arriba)

domingo 17 de febrero de 2008

Fin


No importa adonde vayas, pero cuando te preguntes de dónde vienes, solo mira a tu madre.

miércoles 13 de febrero de 2008

Manos


Un año, dos meses, veintitrés días: "jdhqhtelklloafxug.fj rjft hjcrukjhbeuieju", "cjfhjdyjndjyyynjdhyjdgtsdxhjgcm". Sebastián me escribe desde Londres, tal vez lo hace mucho mejor que yo que creo evolucionar en la reflexión por medio del racionalismo y lecturas. Él es la señal de mi decadencia, entonces. Lo hace sin pensarse, libremente, solo viendo cómo sus dedos aplastan letras que se hacen figuras en la pantalla, como minúsculos hombres que acatan las posturas que él les impone. Mi hermana cree que será pianista. Sebastián es hijo de mi hermana, y lo que él encuentre ser muy lejos de nuestro alcance será, lo afirmo, la refundación de un mundo al que se le devuelva la belleza.

viernes 8 de febrero de 2008

In


Hay una nebulosa que a veces desciende y le da una gravedad a todo. La voz de mi interlocutor se distorsiona y la música ingresa por conductos separados, el humo se retuerce suavemente entre los rostros y las palabras se alejan de su significado. Ejercicio de ensimismamiento. Peligrosa incursión, nunca se sabe qué puede venir cuando piensa un hombre.

lunes 21 de enero de 2008

Trayecto


Ninguna teoría puede aprenderse yendo hacia ella, solo volviendo de ella. El muchacho que viajó kilómetros con su primera mochila, libros y un discman: el muchacho que volvió sin una novia. El tipo que amancebó con la primera mujer que le dio un hogar: el tipo que ahora vive solo. El anciano que fue hombre prolífico: el anciano al que se le dispensa un plazo. Y así se podría considerar el trayecto de la gloria o de la muerte, o la superposición entre ellas. Cualquiera del que se escriba, tendrá solo una pequeña partida que no invocará ninguna enseñanza, por cuanto el destino solo está hecho por lo sucesivo, lo oculto, lo desconocido.

martes 8 de enero de 2008

Cardumen


Instante de ocio: ver el mar, y esperar por algo más. Vino. Un tropel de peces violetas volaban lentamente hacia las seis y treinta de la tarde. Avanzaban sobre un fondo abrasado de naranjas, en línea recta, esfumándose hacia el norte. Una señora los vio junto a mí y apuró la bajada del acantilado. Su esposo se quedó en el rellano de la escalera doblando el diario contra su cuerpo. Los peces eran grandes y pesados, como guardianes sin ojo, como el viento que no se ve.
Yo los vi irse, mordían pedazos de nube.

miércoles 19 de diciembre de 2007

2007


Perdí a una novia que antes de subirse a París me dijo: "Vacíos siempre existirán, los afectos existen o no". Me mudé tres veces. Encontré dos amigos. Conocí a mucha gente, lo cual siempre resulta siendo un peligro. Trabajé más. Me han llevado y traído por un solo precio: seguir trabajando más. No he visto a mi familia. Mi papá conoció el chat. Viví meses en un hospital con una cámara de fotos. Eva, Ademar y Luisa continuaron yéndose: no es distancia, solo es tiempo. Mi madre dejaba mensajes en la contestadora. Me deprimí con un terremoto. Seguí sin licencia de conducir. Mi sueño se cortó con una sola madrugada. Adquirí otitis crónica y me acostumbré a no curarme. Amé más a los boleros, tangos, guarachas y a todo aquello que me dio una vida que nunca tuve. Fui a contemplar el mar varias veces pero caí en que es la más breve de las felicidades. Una sola de ellas estuvo en mi cama: la que aún no viene. Maldije a Jane Birkin por hacer su revolución sin mí. Escuché más cosas que me quitaron la apetencia por el mundo. Y hubo algún momento donde todo comenzó bien, fue clarísimo.
Pero se fue por un atajo.

jueves 13 de diciembre de 2007

Norte


¿Por qué será que James Nachtwey obtiene los mejores cielos donde hay tanta maldad? Qué extraño halo el que lo persigue.
-Ven, sube y recuéstate acá.
-No, me va a doler.
-No duele.
-Sí, los clavos.
-Es miedo lo que tienes, no dolor.
Luego subió, subió sobre sus temores y dejó de ser una etiqueta. La fui peinando y me alejé para que le dispare el sol, y ese mar reventado de turquesas. ¿Las hincaduras estarían bajo su espalda? ¿Se habrá apagado ante mis implacables fundamentos? ¿La habré puesto contra la queja de ser mujer?
Ves, Nachtwey, yo también puedo ser malo bajo un cielo hermoso.

miércoles 21 de noviembre de 2007

Revelaciones


Ayer martes fui niño por un breve lapso de sueño: "Alejandro, ¿dónde estás?" Toda mi estructura interna se había osificado en una esperanza infantil. En despojo. Tendido sobre la cama recordé que varios días atrás tuve un sueño revelador, lleno de símbolos claros que me hablaban como abriéndome a una verdad. Me desperté con los ojos frágiles: las palabras herían mi garganta. Le tengo miedo a estos días, porque mi soledad rebasa su amplitud y el mundo entero se le hace un simple bocado. Despertares en los que prendo una luz y estoy de pie, lo demás se transforma en insignificante, fronterizo. Me muerdo el alma y toda la gente que ha perdido su vida en mí me parece hermosa, malditamente bella.

miércoles 14 de noviembre de 2007

Pájaro


Yo soy quien sabe de la fuerza de tus rodillas. Del vigor de tu edad recortando al aire más tempestuoso. De tus brazos que me crucificaban en el cielo raso de esta estropeada infinitud. Yo soy quien lo sabe, y lo muere. ¿Por qué en la melancolía se nos aparece tanto la palabra muerte? ¿Un designio desde otra vida? Toma esta capa imperial y siégame los malos vientos que vienen otra vez por mí. Pero usa toda tu fuerza, redóblate, que el todo será insuficiente. Roberta, ¿te acuerdas de esa francesa? Amó a un cocinero y a dos soldados, pero en su chimenea cuelga la foto de otro hombre: con ochenta y dos años es fácil elegir. No te distraigas, era solo una canción, vuela, anda, llénate del aire que no es de esta tierra. Pero no dejes de hacerlo. Que tus huesos entren a la capa en dos largos cartílagos y aletees. Parte desde esta ventana que yo esperaré, no tengo otro lugar, solo estiraré la mano para recibir la correspondencia, y te alimentaré con granos de ancianidad.